Pasear por una ciudad que no te pertenece, tiene sus encantos y sus mañas. La gente es como es, es diferente, no trates de cambiarla.
Pero las calles, los muros, los conocidos arcos del triunfo, tienen un historia común, sudores y sangres de la misma composición que la tuya recuerdos que más o menos se parecen.
Los bares son también lo mismo. Si te pides un té, un cortado, o simplemente un café, será igual estés donde estés, y hasta te cobraran casi lo mismo, al cambio por supuesto.
Los parques y las plazas serán gemelos de los de tu ciudad, respiraras un aire parecido, sonreirán los niños como siempre, los perros liaran lo suyo en los árboles, las aves revolotearan a tu alrededor, y los abuelos entre distraídos y absortos, vetan correr a los nietos, sostendrán en una mano la correa del perro, e intentarán dar de comer a las palomas con un poco de arroz y de nostalgia en la otra mano.
Si buscas el mar, verás la gran masa azul, tan insondable y perenne desde que el mundo es mundo. No hallaras nada distinto, el inmenso mar es eso, la vieja composición de hidrogeno y oxigeno combinados dos a uno, que estará quieta o voluble según el día, fría o cálida según el tiempo, y esto es así en todos los mares y todas las ciudades.
Resumiendo, nada cambia, también tú eres el mismo, digas lo que digas, hagas lo que hagas, vengas de donde vengas. Y de nada te sirve querer estar en La Habana o en cualquier otro sitio porque estás en Barcelona y eres, uno más entre la gente.
sábado 28 de octubre de 2006
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