A Cenicienta, la verdad, no le gustaba estar todo el día entre el polvo y la suciedad, sobre todo porque era alérgica, y aquella coriza no la abandonaba nunca, ni siquiera en la noche del baile. Por eso, cuando el hada madrina le habló del tema, sintió un poco de miedo, pero estaba ya convencida de que debía procurarse una forma de salir de todo aquello. ¡Y no era para menos!, ¿A quién le iba a agradar estar entre aquellas brujas?, gritándole y maltratándola a cada error suyo. ¡Y para colmo!, después de estar todo el día cocinando, sacudiendo y limpiando entre estornudos, tener que irse a dormir al húmedo y frío desván, por eso cada mañana amanecía peor del asma.
El hada le habló claro desde el principio, le dijo que no era fácil conseguir un príncipe, pues no se haya uno a la vuelta de la esquina como en los cuentos. Y mucho menos uno que consiguiera juntar tantas virtudes, porque lo más común es que el que es apuesto, no sea inteligente, o el que tenga oro y buen castillo, no tenga ni cuerpo ni cara con que llenar tan bellos trajes.
Tuvo que pasar noches enteras aprendiendo a andar con elegancia, y a caminar con zapatos de cristal, ¡que es lo más difícil!, porque no en balde al salir del palacio, las escaleras le traicionaron, y largó uno de ellos, además de torcerse un pie, lo cual no aparece en el cuento, nadie sabe por qué.
Hasta que el día fijado por las dos, y como dice la historia: en una calabaza, único detalle auténtico del cuento, pues de verdad las hadas de la época no poseían otros medios de transportación, ella se fue dispuesta a todo al baile de su suerte, con un traje que siempre había deseado vestir y los zapatos de ensueño que veía en las vidrieras y nunca pudo tener. Por eso se le notaba aquella extraña sonrisa en el rostro, como de ... anhelo recién cumplido ... al fin.
Ella estaba feliz, y su buen ánimo también le ayudó, todo el que la invitó a bailar fue complacido, y para todos tuvo sonrisas y cara de doncella en busca de compromiso nupcial, hasta que llegó el que el hada con un guiño de ojos le tenía reservado, y con éste se esmeró en atenciones. Nada de amor a primera vista, sino mesura y premeditación, buenas maneras aprendidas y muchos, muchos deseos de terminar con la angustiosa crisis de asma y coriza que ya le empezaba, a causa del mucho perfume que le pusiera el hada en las mejillas antes de salir, aquel desván al que no quería regresar, y el plumero que ya no podía ni ver un día más.
Con todo en la mente, no reparó en el príncipe que era de verdad más que apuesto, y que hablaba con soltura, elegancia e inteligencia, algo poco común en los de la sala, y a quien el traje le sentaba muy bien.
Sólo después, cuando se inició aquella campaña por todo el pueblo en busca del otro zapato y de su dueña, lo cual fue otra suerte, porque ésta era la medida estándar de las jóvenes de la época y a cualquiera pudo haberle servido antes de llegar a ella; se fijó más en los ojos del joven y en la manera de actuar como todo un caballero, y esto le gustó, sin que pueda decirse que fuera amor, y sí, el comienzo de una atracción a causa de tan limpia y penetrante mirada, mientras le probaba el zapato. Y de sus dedos, le estremeció aquella caricia mínima, que nadie advirtió, sólo ella, por debajo de las plantas, y que le llegó a las mejillas convertida en rubor, lo que si puede haber sido el germen de lo que sintió después.
Cuando le besó en medio de todos y del asombro de las brujas, a quienes casi revienta de envidias, y le tomó del brazo pasando por toda la plaza pública hasta llegar a palacio, donde los guardas y criados le esperaban con ceremonial reverencia, y convocó al silencio para anunciar que la tomaría por esposa, entonces, ya estaba profundamente rendida de amor. Concuerdan pues, el final de esta historia y aquella cuando dice: " y los dos se casaron y fueron muy felices”, porque al fin y al cabo, no hay historia de niños que no termine igual.
jueves 14 de mayo, 1998
sábado 28 de octubre de 2006
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada