Ella no sólo amaba la poesía, sino que tenía el don de hacerla. Y al fin y al cabo, ¿qué fue su vida?, sino una melancólica y efímera poesía. Poema trágico que nos tiñó de rojo ya todos los amaneceres.
Fue un amanecer cuando trajeron la noticia a casa. Nunca podré olvidar que me faltó valor para lo necesario. ¿Cómo consolar a los que lloraban por ella?. Yo, que la lloraba como ellos, y que no tenía cómo consolarme a mi misma del espanto y la rabia que me dejó su muerte.
¿Quién quiso apagar su voz de arpa exquisita, de arrullo de agua dulce que aún suena en mis oídos? Su voz, que hablaba de esperanzas y de sueños, y de cambiar el mundo, y de llenar de amor cada rincón de él. ¿Qué fue de aquel canto eterno a la victoria que se quebró en quejido, también discreto y silencioso, sutil y refinado, como de arpa rota?.
Siempre me hablaba de no sé que poetisa atrevida, erótica y poco convencional para juntar política y amor. (¡vaya una mezcla!), que a las dos nos gustaba. Y de novelas de un autor favorito nacido en Macondo, por más que los biógrafos le situaran en Aracataca.
A veces me contaba cómo había hecho y debía yo hacer para dejar este puto vicio de fumar, porque me hacía mal. Yo hube de traicionarla, aquel postrer día, fumando como nunca, y hasta dejándole caladas a su hijo en el funeral; pero ella ya debe haberme perdonado. Aquello no era más que dolor, un dolor enorme que no podíamos, que no queríamos, y que no hemos podido soportar nunca.
Fue esta nuestra última conversación. La vi llegar la tarde antes, radiante a casa de sus hijos, con un ramo de gladiolos y una sonrisa. Certero suponer que nadie, ni siquiera ella, podría imaginar aquel horror del crimen unas horas después.
¿Acaso sabía que sonreía para siempre, y que eran los últimos gladiolos?
Fue una de esas terribles ironías del destino que al amanecer, cuando aún no estaba abierta la floristería, sólo las flores que ella misma compró, nos sacaran del apuro a todos. Así, que colocamos aquel ramo en su féretro. Aquella que fue minutos antes, su propia ofrenda a la vida, sería después su última y más digna dádiva a la muerte.
Ese día aprendí que habríamos de morir todos con las ganas de vivir que ella tenía, dando lo más hermoso siempre, aunque este mundo cabrón este lleno de asesinos y de víctimas.
Ella, que fue niña católica, se me confesaba atea a los cuarenta y cuatro años. Y yo, que por aquel entonces discutía acérrima con todos sobre arrepentimiento y resurrección, pensé que le habían quedado algunos segundos para la contrición. Dios tendrá que entender, que en medio de tanto dolor, y mientras la mataban a puño limpio, es casi imposible. Y si su mesura y bondad no fueron suficientes, aquella sonrisa y las ultimas flores tienen que haberle valido un pasaje para el cielo. Si no, mi Dios no existe. Y creo que además no era ella quien debía pedir perdón.¿A quién y por qué?
La muerte es siempre el más aciago recurso para las lágrimas y para el codo con codo que camina apretado hasta el lugar más frío del trópico: el cementerio. Había mucha gente que le lloraba, que se refugiaba en el pecho del otro, y que caminó tras ella hasta el mármol gélido y solitario donde dejaron su cuerpo, todavía caliente. No pude encontrar a nadie que la odiara, ni siquiera el canalla que la mató a golpes podría sentir odio por la mujer que más le amo en quince años.
El hijo de ambos, un mozo de catorce, lloraría para siempre las dos penas más amargas del mundo: Un padre que se podriría en la cárcel por veinte años, y que se podría para siempre en su corazón. Y una madre que no merecía la tortura ni la soledad de la muerte que aun le doler6ia en el cuerpo, y le dolería para siempre.
La Habana, 1995
domingo 12 de noviembre de 2006
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