Regio Vizcaíno despertó una mañana de sol con nuevo nombre, ya no era Regino Vizcaya, las circunstancias de sabe dios qué, le habían obligado a cambiar de identidad, y ahora era o quería ser un hombre nuevo, ni mejor ni peor, sólo diferente.
No estaba siendo perseguido, no huía de la justicia, ni de formación política alguna, ni de vengativos matones, en todo caso huía de su propio pasado, de una manera tan poco original, pero eficaz. Hoy el señor Vizcaíno, que hasta tenía nuevo loock, era feliz, porque había firmado aquel extraño contrato, en el que el arriba reunido no era el abajo firmante, o sí lo era, pero sonaba distinto.
El mundo a sus 36 años era un regalo, un “lo tomas o lo dejas” y él lo tomaba todo, sin remilgos. Aprendió a mentir y a sentir por pura inercia, y esto era según cómo, una ventaja para la vida desordenada y hasta libertina que llevaba. Amaba esa libertad señorial que le había hecho ser una suerte de animal solitario, indomable y salvaje en medio de una fauna de amantes, conocidos y amigos disímiles. ¿Por qué no decirlo?: Regio era feliz, espléndidamente feliz, soberano y dueño de su mundo, inventado a su medida, por lo que al escoger nuevo nombre, sentíase completado, desbordado, nada podía echar a perder este momento.
Ahora la correspondencia llegaba a casa, con aquella caricatura mejorada de su antiguo nombre. Aquel era pueblerino, común, y hasta aburrido decirlo en público. El de ahora era más de ciudad, adaptado a los nuevos tiempos, distinguido y con clase; había sido una buena idea aquel cambio.
No era el único cambio que había sufrido en su corta pero intensa vida, sino uno más de los tantos. A los 16 años se había ido de su pueblo natal, su país de origen para vivir en un continente nuevo, una urbe deslumbrante y superpoblada y había decidido cambiar aquel aspecto de chico noble y sin refinadas maneras, por el de todo un señor de cuidad, empresario muy bien relacionado y emigrante más que adaptado y adoptado por el nuevo entorno.
Sus nuevas maneras de hombre de mundo, casi femeninas, más que alejarlo de ese ideal seductor que sueña cada mujer, lo habían hecho converger con él. Era un dandi solitario y atractivo, irresistible y con los encantos más íntimos. No era extraño su éxito, lo había trabajado hasta el límite y además cultivaba sus palabras, para que fueran lo más cultas e inteligentes posible, rezumaba credibilidad y soltura, y era eso lo que pretendió toda la vida para considerarse un hombre feliz. Una sola cosa no calculó Regio, el amor no estaba en sus planes.
Había tenido muchas amantes, pero con el esporádico compromiso de pasarlo bien, sin otra intención, y ni una sola le falló. Todas daban lo que él quería, y recibían resignadas lo único que él podía y sabía darles, un poco de placer, o a veces más, pero nunca ese sentimiento poderoso que es el amor, porque no quería ni sabía darlo, y esta incapacidad lo guardó durante años de tan arriesgada aventura. Era un soldado que iba a las batallas justas, y sólo si sabía que no perdería si se presentaba. Sus victorias estaban cantadas, y si no era seguro, lo mejor era la clásica retirada.
Tal vez fuera por aquello que dicen algunos tratados de psicología, con cierta razón. La primera vez siempre te marca. Y la primera vez que hizo el amor no ofrecía otra posibilidad, había que ir al grano. Su tío lo llevó a una casa de putas y por una módica suma, pudo desahogar rápida y torpemente, aquel torrente de sus catorce escasos años, y su miedo a lo desconocido quedó reducido a una experiencia sexual sin otro sentido que el desahogo. Regio Vizcaíno jamás se liberaría del fantasma de su primer orgasmo mal remunerado, por eso el resto su vida hizo lo mismo con los orgasmos de los otros: dejarles solos, hacerles sentirse indefensos, cerrar los ojos para no verse a sí mismo necesitando un abrazo que nunca le dieron.
De todas formas, era un buen tipo, quería y se dejaba querer (tenía sus flaquezas), y no había conseguido del todo hacerse invulnerable al amor, pero seguiría prefiriendo el riesgo y la aventura durante algún tiempo. Lo de cupido podía esperar, siempre que aquella legión de amantes de turno, le siguiera ayudando con el paliativo de sucedáneos tales como el placer por el placer, la complicidad de los infieles, o simplemente un poco de cariño. Era un ser con una necesidad de afecto increíble, pero se escondía tras la máscara del casanovas seductor, por puros y duros mecanismos de defensa.
Lo malo era toparse por la vida con una de aquellas pajaritas asustadas, almas gemelas de la suya, que gimoteaba después del amor, y pedía abrazos y besos, y le pegaba la paliza toda la noche. Entonces él le soltaba el rollo de respetar al otro, de su necesidad de disfrutar a plenitud el momento, y recargarse, pues estaba totalmente vacío de energía, y cerraba los ojos, como siempre.
Pero el día que conoció a Virtudes Casals, se acabaron para siempre sus tiránicos post-coitos, porque fue ella, minutos antes de que él con la premeditación acostumbrada cerrara los ojos, quien se quedó profundamente dormida. El desamparo se fue pareciendo a aquella punzada en el estómago de los adolescentes, y Regio encontró en Virtudes a la mujer distinta que todos buscamos, y quiso despertarla y volver a hacerle el amor una y otra vez, hasta dejarla rendida de cualquier otra cosa que no fuera sueño. Pero Virtudes estaba casada y cansada, tenía dos hijos, había trabajado todo el día, y en casa la esperaba su marido creyendo que estaba cenando con sus amigas. Así que la pulcra señora, se dio una ducha para desperezarse, se arregló la rubia e impecable melena, y bajó de prisa a su coche para volver a casa. Olvidó el beso de despedida, o mejor dicho, dejó de dárselo por pura vergüenza. Sentíase culpable, confundida, y no se le ocurrió otra cosa que cerrar los ojos un momento, para después salir corriendo. Exactamente esto mismo le había pasado a la señorita Casals, hacía 20 años, cuando se despidió de su virginidad, en una pensión solitaria, con un chico torpe pero enamorado. Una vez más se demuestra que tarde o temprano, todos los seres humanos, más o menos normales, repetimos el cuadro psicológico de la primera vez, para bien o para mal, inevitablemente.
domingo 12 de noviembre de 2006
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