Ricitos era una rubia teñida, con un alma cálida y morena. Cuando el sol daba en sus cabellos, que además estaban tratados con el cloro de la piscina, ellos parecían trigo joven y dorado manantial de oro. Por eso su apodo era apropiado aunque falto de autenticidad.
Era una chica sensible y con buenos modales, por eso nadie se cree que entrara en aquella casa y allanara la morada, durmiera en cama ajena, y comiera los alimentos que no habían sido preparados para ella, sin más ni más. Lo más difícil de creer era que la propiedad del inmueble perteneciera a una cándida familia de osos.
De cualquier forma si es cierto que era de una familia formada por una mamá, papá y nené, pero humanos, lo bastante malhumorados como para parecerse a un plantígrado cuando ataca a su presa.
La pobre chica sólo se había enamorado del nene oso, quiero decir de un humano más bestia que el teddy bear,
o yoghi, osos mitificados por la dulzona imagen de ese clásico que tanto veneno ha metido en los cerebros infantiles, el dibujo animado.
Se conocieron en un mercado público, intercambiaron miradas, en plena feria de las frutas, y ella sintió que debía y quería volver a verlo, así que le dio una cesta de frutas gratis y se ofreció para llevarlas semanalmente a casa, si así lo deseaban.
El rata del nene, con treinta años bien cumplidos, dijo que sí, pero que no pagaría nunca y ella, dijo:
Pues, venga, será cortesía de la casa. Pero solo por un mes. Después paga o le retiramos el servicio.
Y el nene pensó: “Pues comemos frutas gratis un mes y después si te he visto no me acuerdo”. Pero como es de esperar se calló tales y viles pensamientos.
Cada mañana y a escondidas de su jefe, ella preparaba las mejores frutas y se iba a entregarlas, a aquella casa de gandules. A veces ellos ni siquiera la esperaban,
dejaban la puerta abierta y ella dejaba la mercancía, o sea que ni las gracias le daban.
El único objetivo era encontrarse con el chico, pero el nunca estaba, la madre, el padre, la sirvienta o nadie, le recibían de mala gana, y le criticaban la calidad de sus manzanas, o la acritud de sus naranjas.
El desaliento se apoderó de la noble ricitos, que ya ni siquiera tenia ratos libres para ir a nadar, que era lo que más le gustaba hacer. Así que decidió ir el último día del mes, que era viernes, y como cada viernes no habría nadie en casa, y estaba la puerta abierta, para entrar sin frutas pero con el deseo y la rabia a flor de piel.
Entró sin miedo, como estaría allí esperando hasta que llegaran, se sirvió un refresco de la nevera, y encendió la tele. Nadie llegaba.
A la hora de la comida, se preparó una ensalada, y una tortilla de cebolla. Y lo hizo porque aquella gente habían
comido frutas a su cuenta por treinta interminables días en que ni siquiera le habían dado las gracias.
Ya cuando estaba a punto de marcharse, apareció el pequeño de casa, y ella volvió a sentir la punzada de la primera vez y quiso decir de todo, pero no dijo nada.
Él le abrazó, le conminó al lecho de sus padres, y ella cedió, vencida por tantos días de asedio. Hicieron un amor febril y juguetón, rompieron varias cosas, rodaron por el suelo, y volvieron a hacerlo una y otra vez sin percatarse del desastre.
Luego en las postrimerías de la pasión, el se levantó asustado, le dijo que se vistiera y no volviera más.
Aquí no ha pasado nada, ¿entendido?.
Y ella se mordió los labios para no gritar.
Él salió de casa primero, llevaba mucha prisa. Ella salió después y al regresar los padres, encontraron todo impregnado del aroma de una cesta de frutas recién frescas, y por supuesto supieron que era ella.
Así fue como empezó el “alguien ha comido en mi mesa”, “alguien ha dormido en mi cama”, etc, etc. Mientras, la pobre Ricitos, lloraba de amor y de rabia en su cama, donde también le dolía en la piel un amor que no habría de olvidar, y que se inmortalizó en un cuento, que hoy no se cree nadie.
domingo 12 de noviembre de 2006
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